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BOLETÍN # 16
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Intercreando sistemas de información en la universidadOfelia Eusse Zuluaga UUna reflexión escrita hace más de una década, casi dos,… ¡que 20 años no es nada…!, quién lo dijera, cobra hoy mi interés particular en este siglo XXI, en el cual nos encontramos asediados, perseguidos y retados por los avances tecnológicos, los medios de comunicación, las telecomunicaciones en general. Recupero el texto, tal como fue presentado y discutido en un seminario educativo, en el cual corrí el riesgo de ser promotora de un escándalo intelectual, de una ofensa para quienes los libros representaban la base de datos de muchos conocimientos, teorías, investigaciones, fruto de arduos trabajos, desvelos, discusiones, en fin, productos de la incursión científica, intelectual, pedagógica, en la producción de motivantes materiales para ser leídos, disfrutados, estudiados y enriquecidos con otras aportaciones. Reconocer la paulatina disminución del uso del libro dentro de la sociedad y la educación, es una prospectiva nostálgica, para quienes amamos los libros y para quienes creemos que con ellos se establece un fecundo diálogo. En la sociedad actual la gente lee menos y, cada vez más, el libro parece ser un instrumento afectivo y nostálgico que formativo. Es preocupante el poco tiempo que los jóvenes (y a veces los adultos) dedican a la lectura. Este efecto social ha venido entrando lentamente a las aulas universitarias, y cada vez el libro parece serle al estudiante más extraño y de menos utilización. El libro, como extensión de la memoria, encuentra cada vez elementos que de alguna manera le quitan vigencia y espacio, como las computadoras, los disquetes, el disco óptico, el video láser, y otras herramientas modernas, sofisticadas y eficaces, que permiten guardar cantidad de información en espacios casi imperceptibles. La universidad tiene que prepararse para la evaluación que está experimentando la utilización de los libros. La sociedad es cada día más permeable a metodologías que demandan menos espacios y a costumbres que requieran menos esquemas, como ocurre en los medios electrónicos donde solo se requiere ver y oír. No sería extraño que próximas generaciones vieran en las bibliotecas familiares, elementos de museo, pues con certeza, se tendrán reservas de memoria que ocupen pequeños espacios y seguramente de más fácil uso y aprovechamiento. ¿Qué hará un docente sin libros qué sugerir, porque sus alumnos no los van a leer? ¿Cómo sugerir material que interese al alumno, que no le ocupe mucho tiempo y le sea significativo? Será necesario que la formación del docente, incorpore en sus programas, la preparación para elaborar programas computacionales y para seleccionar información relevante, acorde con los requerimientos tanto del momento como de sus alumnos. Hoy, al tomar distancia de aquel acontecimiento, recupero la misma reflexión sobre los libros y la amenaza de su desaparición, pero con otra visión, producto de mi práctica profesional como docente y formadora de docentes, diferente a la de aquél entonces. Si bien es cierto que la información que surge día a día se encuentra fácilmente en la red, o está almacenada ya en pequeños dispositivos, USB por ejemplo, fáciles de consultar y hasta llevar a cualquier lugar, sin que pese ni implique esfuerzo para su consulta, o que también se puede revisar en las bibliotecas digitales, también es cierto que de repente se antoja –o se hace necesaria– la consulta de un libro, tal como lo hemos hecho siempre, revisar la edición, las páginas, tener tacto y contacto directo, lo cual produce cierto placer porque establecemos un vínculo, una relación virtual con el autor; dialogamos y hasta nos enojamos con él o ella. Los libros siguen siendo recursos valiosos de lectura, consulta o estudio; escribir un libro, siempre representa un reto y hay quienes lo hacen con suma facilidad y además con la habilidad necesaria para transmitirnos su propio gusto al hacerlo, también de lo que representa cuando se hace como resultado de todo un proceso investigativo. Cuando pasamos largo rato frente a una pantalla y el cansancio visual exige un descanso, buscamos una lectura más relajada, con menos desgaste y exigencias de una posición especial, porque además se corre el riesgo de sufrir lesiones musculares y nerviosas. Leer un libro no es lo mismo que leer una pantalla, nunca lo será. Por otro lado, los libros no sufren interrupciones ni cortes de corriente que impidan continuar su lectura; resisten golpes y hasta las inclemencias del tiempo, representan la forma más barata, práctica y flexible para transportar la información, viajan a la velocidad que les queramos imprimir, y al lugar donde los queramos llevar. La única conexión que es necesario hacer es la del cerebro. Los libros existen y seguirán surgiendo más y en otras modalidades; ya es posible escuchar la lectura de un libro completo con el apoyo de recursos tecnológicos, tanto de audio como de video, lo que permite que personas con limitaciones visuales o auditivas, tengan la posibilidad de acercarse a sus lecturas preferidas; ahora lo importante es saber cómo los incorporamos al proceso educativo de aprender y de enseñar, independientemente de la modalidad educativa, presencial o a distancia, sabiendo que la información está en otros medios que los alumnos dominan a la perfección. El reto como educadores consiste en lograr una combinación motivante, una complementariedad enriquecedora de recursos y herramientas, tanto de los recursos tecnológicos, los hipertextos, con los textos impresos, los libros, que siempre serán fuente valiosa de consulta, herencia cultural de muchos intelectuales, y una compañía desinteresada para quienes prefieran el apoyo de ese legado cultural que está a la espera de su elección. Fuentes de consulta: Nunberg, Geoffrey, et al (1998). El Futuro del libro ¿Esto matará eso? Paidós Multimedia 8, Barcelona Restrepo, C. Jaime. (1997) Cartas del Rector. Universidad de Antioquia, Medellín, Colombia
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® D.R. 2000-2007 Universidad Nacional Autónoma de México, Coordinación de Universidad Abierta y Educación a Distancia, La responsabilidad de los artículos publicados recae, de manera exclusiva, en sus autores. Boletín SUAyED, publicación electrónica que aparece el segundo lunes de cada mes, publicado por la Coordinación de Universidad Abierta y Educación a Distancia. Oficina: Circuito Exterior s/n, Ciudad Universitaria, México, DF. Tel. 5622-87-11. Certificado de reserva de derechos al uso exclusivo 04-2011-011113252200-203, expedido por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Editor responsable: José Antonio Sánchez Yllanez. ISSN en trámite. |
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